Acerca de Cultura y Arte Sostenibles

Desde el principio de los tiempos el arte ha sido utilizado por el ser humano para el conocimiento y comprensión del entorno que le rodea, a través de la imaginación y la narración, una capacidad única entre los seres de la naturaleza. Por ello, el arte se ha convertido en el símbolo de su cosmovisión a lo largo de los siglos.

En cada parte del mundo, la naturaleza posee unas características singulares o espíritu del lugar, tal como expresaba René Dubos en “Un dios interior“, que condicionan la intervención de los seres humanos y como consecuencia los paisajes y las civilizaciones han mostrado sus propias características distintivas a través de los siglos a pesar de los cambios culturales, sociales y tecnológicos. Sin embargo, esta relación de los seres humanos con la naturaleza ha evolucionado a lo largo de la historia desde el respeto y cooperación con la naturaleza a su dominación sin respeto, hasta que la llegada de la civilización industrial imprimió un sello de uniformidad en la mayor parte del mundo y la huella del ser humano en la naturaleza dio lugar a una nueva era, el Antropoceno, en la que por primera vez en la historia la Humanidad se encuentra en la encrucijada, tal como reveló Jesús Ballesteros en su obra “Postmodernidad: decadencia o resistencia”, en la que tiene que elegir entre la decadencia, con la resignada aceptación del deterioro ambiental, o la resistencia, que supone afrontar los retos con creatividad y responsabilidad. 

El sistema actual no es sostenible y está condenado a perecer hundido por sus propias contradicciones porque, para seguir expandiéndose, necesita crecer indefinidamente y este crecimiento continuo no es factible ni realizable por el simple hecho de que vivimos en un sistema cerrado y con unos límites no superables que es la Tierra. No se trata de una cuestión de ideologías sino de darnos cuenta de los relatos culturales en los que vivimos, una ilusión creada por la publicidad en la que todos podemos progresar indefinidamente en un planeta de recursos ilimitados, que han generado un modo de comportamiento sin ética, con un afán de lucro y una avaricia sin límites, que nos han enseñado a considerarla como virtud en la sociedad actual, como refleja el personaje de la película “Wall Street” de Oliver Stone, Gordon Gekko, cuando afirma que la avaricia es buena. Pero la avaricia desmedida no ha sido sólo esencia del sistema capitalista, tal como podemos ver en la película “El último lobo” de Jean-Jacques Annaud, que muestra cómo el régimen comunista chino, en su afán de explotación de los recursos naturales, destruyó sin piedad hermosos paisajes, los animales que los habitaban y un estilo de vida en armonía con la naturaleza basado en las nociones de comunidad, libertad y responsabilidad. Actualmente, Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes del mundo y la veneración del afán de lucro se ha extendido por todas partes, infiltrándose en empresas, gobiernos, organizaciones mediáticas, universidades, e incluso en organizaciones ecologistas, como descubrió Naomi Klein en la investigación reflejada en su libro “Esto lo cambia todo“, convirtiendo la avaricia en la raíz de todos los males que sufrimos. Así pues, necesitamos tal como propugnaba Friedrich Schiller en sus “Cartas sobre la educación estética de la Humanidad” que se ennoblezca el carácter de las personas y “alumbrar manantiales de cultura que se mantengan frescos y puros en medio de la mayor podredumbre política” con la ayuda de un instrumento que es el arte bello, porque “la verdad y la belleza, con indestructible energía, se abren camino hacia la luz.”

Para optar por la resistencia a la decadencia actual y la reconciliación de la Humanidad con la Naturaleza, necesitamos el reencantamiento del mundo, recuperando el arte como medio de conocimiento desbancado desde la Ilustración en favor de la ciencia, para la cual todo lo que escape de una verificación empírica no tiene validez pero ha resultado impotente para dar respuesta a los graves problemas globales que urge resolver. Sin embargo, el mito colabora con la racionalidad, con la justificación argumentativa y la demostración, con un lenguaje que muestra por vía de la semejanza, de la metáfora y de los símbolos. La capacidad de narrar historias para transmitir el conocimiento está adquiriendo cada vez mayor relevancia apoyada en tecnologías cada vez más sofisticadas y estas historias proporcionan modelos de actuación, cumpliendo una función explicativa y ejemplificadora. El Romanticismo recuperó el mito como forma de verdad y ahora estamos en el momento de restaurar la unión originaria del mito y la razón, pero adaptada a la época actual, para generar, como pretendía Frederich Schelling, un nuevo pensamiento, unos nuevos valores, una nueva sociedad y una nueva mitología para explorar los caminos hacia la sostenibilidad.

Para la transición hacia el desarrollo sostenible es necesario cultivar la creatividad humana y reflexionar sobre las cosmovisiones culturales actuales basadas en el dominio de la naturaleza y el mito de los recursos naturales ilimitados que se han extendido por todo el planeta causando su destrucción, con el objetivo de incorporar los valores de sostenibilidad a nuevas cosmovisiones y generar relatos culturales sostenibles.

La cultura es un elemento esencial para la transición a la sostenibilidad porque nuestro patrimonio cultural y nuestras tradiciones constituyen nuestros marcos de referencia y nuestros modos de pensamiento. Por tanto, los caminos hacia el desarrollo sostenible no deben construirse sobre la nada sino contextualizados en el marco cultural de cada comunidad, partiendo del reconocimiento de su identidad para crear otras nuevas con unos valores culturales sostenibles y garantizando la libertad de expresión de cualquier individuo o colectivo bajo cualquier formato, así como el acceso a la cultura y a sus manifestaciones. Es necesaria la introducción de la cultura como cuarto pilar del desarrollo sostenible junto con el económico, el ecológico y el social.

La cultura sostenible tiene la misión de mostrar a la sociedad los caminos para desarrollarse. No parte de cero, porque la creación de nuevos caminos tiene lugar en el marco cultural de cada lugar y parte del reconocimiento tanto de la identidad y el valor de la cultura tradicional existente, que ha conformado el entorno físico y social, como de la libertad de expresión de cualquier individuo o colectivo para crear nuevas identidades, así como el derecho de acceso a la cultura, con el fin de implementar las actuaciones culturalmente sostenibles de modo que la sociedad sobre la que actúa se identifique con las mismas. Además del conocimiento tradicional de cada comunidad, también hay que tener en cuenta los proyectos de organizaciones culturales y artísticas que proporcionan soluciones innovadoras y creativas para dichas comunidades y las iniciativas creativas informales de la ciudadanía para generar acciones que permitan avanzar hacia la sostenibilidad. Otro aspecto de la cultura sostenible es que implica mejorar el grado de convivencia entre grupos de personas diferentes y su cohesión a través del diseño de políticas y acciones que promuevan la integración, la diversidad, la redistribución equitativa, la justicia social, la solidaridad, la calidad de vida, la inclusión, etc, y, en general, la diferencia como valor positivo, facilitando que la sociedad pueda participar en su gestión. Dicha gestión sostenible implica la minimización de la huella ecológica, un equilibrio con el medio tanto natural como cultural, que la naturaleza y la vida no humana dejen de considerarse como recursos productivos y que la economía deje de ser un fin para convertirse en un medio para alcanzar el desarrollo sostenible. Será importante promover políticas culturales en ese marco, superando el enfoque convencional de la cultura como un producto exclusivo de un sector privilegiado que difunden las instituciones, para reconocer que es un bien común de las comunidades, fundamental para el desarrollo de las identidades, la inclusión social y el ejercicio de la pluralidad.

El arte para la sostenibilidad , como núcleo de la cultura, es una acción creativa que trasciende lo técnico, lo instrumental y lo puramente racional, en la que el potencial creativo del ser humano se desarrolla como posibilidad de experimentar y abrir nuevos caminos hacia la sosteniblidad, diferentes y autónomos, proponiendo soluciones creativas en las que prime la acción multidisciplinar, transversal y colaborativa. El arte resulta un factor primordial para crear caminos hacia la sostenibilidad, porque, como señala Daniel Bell, en “Las contradicciones culturales del capitalismo“, “lo que el artista se representa en la imaginación anuncia, aunque sea oscuramente, la realidad social del mañana” . El arte busca una nueva sensibilidad que muestre el camino, explorando nuevas experiencias, como vanguardia, y también construye nuevas realidades sin tener las limitaciones metodologías estrictas de los científicos, utilizando la intuición y pensamiento holístico. Estas capacidades son fundamentales para un concepto tan complejo como el de la sostenibilidad que no fija un camino a seguir sino que es un proceso de búsqueda continua para la construcción de nuevos caminos sostenibles en los que participen las personas. El arte tiene, además, un lenguaje que comunica a las personas de una forma más emocional, abierta y simbólica que la ciencia, facilitando que puedan utilizar su imaginación y creatividad para repensar y mejorar sus estilos de vida, de modo que se involucren en nuevos caminos hacia la sostenibilidad

Los caminos hacia la sostenibilidad van a exigir el esfuerzo conjunto de todos los actores sociales así que es importante la creación de plataformas o redes que permitan el intercambio de ideas utilizando tecnologías como Internet, donde se puedan interconectar artistas y científicos, pensadores, tecnólogos y artesanos del relato, en un proceso abierto que permita a la ciudadanía del mundo de hoy al derecho, no sólo de acceder a los legados culturales acumulados, sino también a incidir y modelar la cultura del contexto en el que habita. El progreso del conocimiento consiste precisamente en esto, es decir, que no se limite a un negociado de sabios que saben cada vez más sobre cada vez menos hasta acabar sabiéndolo todo sobre nada, sino en buscar una metáfora poliédrica que refleje todas las caras de la complejidad y llegue a abarcarlas, mediante el cruce constante de vectores entre artes, ciencias y otros campos del saber y la experimentación, hasta hoy considerados distantes e incompatibles. Tal como sucedió en ciudades de la Antigüedad como Alejandría, Constantinopla, Roma, Córdoba o Florencia, en las que se integraron científicos, artistas e ingenieros del mundo occidental y el oriental, la red constituye un espacio en el que se intercambian ideas y capital intelectual, y se expresa una diversidad creativa que hace posible el avance del conocimiento y la reflexión colectiva. El diálogo en red, que restablece los caminos de comunicación humana, con el cruce de relatos y de experiencias, permitirá dirimir la nueva cultura sostenible. Intercambiar ideas es la fase previa a proponer alternativas para abordar, de una manera conjunta, abierta, creativa y no dogmática, la creación de nuevos entornos ecoculturales que se transformen para adaptarse a la complejidad de cada sociedad.

Teniendo en cuenta que la alianza entre diversos actores es un eje vertebrador de la Agenda 2030 es necesario generar una gran alianza de la cultura para el desarrollo sostenible, con una amplia implicación desde todos los sectores desde el cultural a las administraciones públicas, pasando por la participación activa de la vida cultural ciudadana. Varias organizaciones están impulsando la cultura sostenible como la UNESCO, CGLU (Asociación Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos) o REDS (Red Española para el Desarrollo Sostenible) que recientemente ha presentado la Declaración de la Cultura en apoyo a la Agenda 2030, que se puede conocer y firmar en el siguiente enlace:
http://reds-sdsn.es/declaracion-la-cultura-agenda-2030

Será un apasionante reto del mundo contemporáneo idear sociedades sostenibles en las que exista una nueva convivencia con la naturaleza y una nueva ética de comportamiento económico y político de acuerdo con los principios de sostenibilidad y de responsabilidad con el resto de los seres vivos.