La evolución a una cultura sostenible

El impacto global de las actividades humanos sobre los ecosistemas de la Tierra en los últimos siglos ha sido tan profundo que ha dado lugar a una nueva era geológica: el Antropoceno. Hemos dejado de ser meros habitantes de la Tierra para convertirnos en actores geológicos. No hay un acuerdo común respecto a la fecha precisa de su comienzo; algunos investigadores consideran que fue con la Revolución Industrial, mientras que otros remontan su inicio al comienzo de la agricultura con la Revolución Neolítica. Sin embargo, aunque varió el paisaje de gran parte del mundo fue en el período industrial, guiado por la idea de progreso derivada de la Ilustración, cuando la degradación de la naturaleza y el cambio climático aumentaron a un ritmo jamás visto en ninguna otra época de la Historia.

Cuando empezaron a manifestarse las consecuencias destructivas de la industrialización, afeando los parajes naturales y las ciudades, surgieron los filósofos y artistas románticos que se rebelaron contra el pensamiento ilustrado y encontraron en el arte el germen para alcanzar la armonía con la naturaleza perdida en la Ilustración.

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Los filósofos Schelling y Schiller le dieron al arte la más alta misión: el avance de la Humanidad hacia el Bien, y constituyeron la primera oleada de movimientos ecologistas de la historia. Los artistas románticos y prerrafaelistas influenciados por las propuestas filosóficas de Schelling, Schiller y Ruskin, emprendieron una cruzada contra el capitalismo y la industrialización propugnando la creación de la belleza como gesto de resistencia contra la fealdad de la sociedad moderna, y el reencantamiento del mundo con la supremacía de la imaginación, la sensibilidad y la pasión frente a la hegemonía de la razón ilustrada que ha dado lugar a un mundo desencantado..

Mientras los ilustrados veían a la Naturaleza como un conjunto de recursos útiles para el progreso de la Humanidad, que definían en términos de avances materiales, para los románticos la Naturaleza era una fuerza creativa que se encuentra en el interior de cada persona, y consideraron a la imaginación humana como impulsora del progreso para buscar un mundo mejor. Además, para ellos existía una interconexión divina entre todos los seres vivos, con un concepto de fraternidad que no había existido desde San Francisco de Asís en la Edad Media, ya que era más amplio que el surgido de la Revolución francesa.

Los artistas prerrafaelitas crearon el movimiento esteticista Arts&Crafts, que recuperaba la artesanía frente a la industrialización, y posteriormente la corriente artística liderada por Henry Cole promovió la alianza entre arte e industria, que sirvió de base al diseño industrial en la Bauhaus de Gropius a principios del siglo XX

Los trascendentalistas, cuyas figuras más relevantes fueron Thoreau y Emerson, también advirtieron a mediados del siglo XIX de la amenaza del capitalismo industrial para los entornos naturales más bellos, y de que no era el camino para que la Humanidad encontrara la felicidad buscada por los ilustrados. Consideraban que el artista es el órgano a través del cual actúa el espíritu universal. El movimiento trascendentalista dio lugar a que, por primera vez en la historia, se separaran espacios de la naturaleza de los dedicados a la explotación humana, y se protegieran creando lo que se denominó Parques Naturales. Hasta entonces siempre había sucedido lo opuesto y se protegían los espacios colonizados por los seres humanos de la actuación de la Naturaleza.

A finales del siglo XIX, Tolstoi expuso su oposición al arte por el arte que surgió en su época, afirmando que sólo el arte comprensible para todos los seres humanos era bueno porque conmueve y recuperaba el papel del arte para hacer un mundo mejor con la ayuda de la ciencia, que ya reclamaban Schelling y Schiller un siglo antes.

A principios del siglo XX, Kandinsky propuso, frente al arte por el arte, un arte espiritual ya que el espíritu que conduce al reino del mañana sólo se reconoce a través de la intuición, a la que conduce el talento del artista. Para Kandinsky, las obras artísticas con alma proporcionan la guía para el camino que se inicia. En la misma época surgieron los distribuistas encabezados por Chesterton, que se inspiraron en el ideal social medieval como los prerrafaelitas, cuya máxima era que la economía se hizo para el hombre y no el hombre para la economía. Su modelo de cooperativas y el modelo ha perdurado hasta la actualidad.

En los años veinte, Ortega y Gasset analizó el arte de vanguardia, considerando que arte y filosofía eran los primeros receptores de los cambios de las sociedades, y afirmó que este nuevo arte expresaba la sensibilidad vital naciente de su momento, que rompía con la anterior cultura burguesa decimonónica.

En los años treinta, Walter Benjamin sostuvo que el arte, gracias a la capacidad de reproducción técnica de esa época, podía ser puesto al servicio de las masas, aunque perdiera el aura del arte único, pero advirtió de las perniciosas consecuencias de su uso por la cultura de consumo o como propaganda ideológica al servicio del poder, que condujo a la manipulación de las masas por el fascismo tal como había advertido. Para Benjamin, la cultura científico-técnica de la sociedad occidental había perdido el potencial de la espiritualidad y la función poética y estética fundadora del mundo.

En los años cincuenta, Heidegger fue pionero en desarrollar la conciencia sobre la necesidad de proteger el planeta contra la sociedad capitalista y el dominio de la naturaleza por la racionalidad científico-técnica. Para Heidegger la solución era compensar la tecnología de la construcción con el arte de la construcción, la arquitectura, y aprender a habitar poéticamente el mundo, cuidando del planeta. Su pensamiento de Heidegger fue inspirador de gran parte de la filosofía crítica del capitalismo posterior, especialmente los autores integrantes de la denominada Escuela de Frankfurt. Hepburn y Adorno defendieron la necesidad de recuperar la Estética de la Naturaleza abandonada por el racionalismo occidental que para convertir la Naturaleza en una mera fuente de recursos, mostró la belleza natural como inferior a la belleza artística, lo que llevó a su eliminación como tema digno de reflexión filosófica, y llevó a que se permitiera la instalación de fábricas, canteras y presas que afearon los paisajes. Sus ideas de la estética de la naturaleza fueron aplicadas en la urbanización de las ciudades.

En los años sesenta, Marcuse recuperó el papel revolucionario del arte frente a la extensión del valor de la mercancía en la sociedad capitalista, inspirado en Schiller, considerando que el arte es la fuerza libradora que necesitamos para rehacer la civilización, con la victoria de Eros sobre Thanatos y Mammon, y la reconciliación del hombre con la naturaleza.

En la década de los setenta surgió un nuevo movimiento ecológico contra el sistema capitalista, encabezado por Schumacher, precursor del desarrollo sostenible, que es una nueva etapa en la evolución del ecologismo, con una visión más amplia de su misión de protección del planeta. Estableció un nuevo paradigma de la relación del ser humano con la Naturaleza en la que el ser humano no la domina sino que forma parte de ella, y por tanto depende de la misma. Sus ideas se extendieron por todo el mundo convirtiéndole en una de las personas más influyentes del siglo XX. También destacó Hans Jonas que propuso una Ética para el futuro que abarcara tanto a los seres humanos como al resto de seres vivientes del planeta, y también a las futuras generaciones, partiendo del principio de responsabilidad del ser humano.

En los años ochenta, Edgar Morín advirtió también de la necesidad de abandonar el proyecto racionalista, que no conoce más que el cálculo, ignora a los individuos y destruye la naturaleza, porque conduce al suicidio de la humanidad, proponiendo recuperar la visión de la naturaleza de la época romántica para salvar la Tierra patria. Su macroconcepto de pensamiento complejo planteaba un modo de pensar capaz de diálogo, distinto al paradigma predominante de la simplificación del saber. Otro de filósofo relevante del pensamiento ecologista de esa época es Félix Guattari, que afirmaba que la revolución ecológica tiene que realizarse a escala planetaria, unida a una revolución cultural, política y social, así que la tarea más urgente es modificar los sistemas de pensamiento que fundamentan el ataque a la naturaleza. No basta un reajuste del sistema, sino un cambio del mismo.

En los noventa, Jesús Ballesteros propuso el Ecologismo Personalista y puso de manifiesto que la Humanidad se encuentra en una encrucijada en la que tiene que elegir entre la decadencia, con la resignada aceptación del deterioro ambiental, o la resistencia, que supone afrontar los retos con creatividad. Propuso como criterio para el necesario cambio de estilo de vida que los seres humanos vivan en armonía con la Naturaleza cuidándola como a un jardín y que apuesten por la lentitud y el largo plazo para seguir el ritmo de la naturaleza, distribuir los recursos naturales, priorizar lo local, la agricultura ecológica, la producción artesanal, así como el tamaño humano de la empresa y de la tecnología.

A principios del siglo XXI, por primera vez en la Historia, la Humanidad se encuentra en un momento crucial en el que necesita optar por la resistencia o se encaminará hacia su destrucción, porque el desarrollo actual ha comenzado a sobrepasar los límites de la Biosfera que pretendía ignorar, así que es necesario impulsar una nueva cosmovisión que lleve a un desarrollo sostenible, mediante un cambio que permita recuperar una relación de equilibrio entre cultura y naturaleza. Para ello es necesaria la creatividad que permita construir una ética sostenible y nuevos relatos sobre los que asentar la civilización generando una transición que lleve a un nuevo Renacimiento.

Afortunadamente, todavía estamos a tiempo de revertir parte del problema pero hay ciertas secuelas irreversibles.

Los efectos devastadores de la civilización actual han llevado a las naciones a adoptar en 2015 la Agenda 2030 para avanzar hacia la Sostenibilidad estableciendo 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible hasta el año 2030, que suponen una oportunidad para impulsar un cambio en la sociedad de consumo que deje paso a una nueva sociedad en la que sea posible el surgimiento de un estilo de vida sostenible, con una filosofía en la que prime el respeto a la naturaleza y a la vida, incluyendo las futuras generaciones, como contraposición a la filosofía de sometimiento de la naturaleza y la vida a los intereses capitalistas basados en la avaricia y el afán de lucro como principio vital.

Hasta ahora las soluciones para avanzar hacia el desarrollo sostenible se han centrado en las nuevas tecnologías, los incentivos económicos, las políticas y las regulaciones, olvidando la necesidad de las transformaciones culturales que afectan a nuestro estilo de vida y nuestra visión del mundo. Para conseguir esa transformación cultural hacia la sostenibilidad es necesario que surja un mundo nuevo como el Renacimiento e Ilustración, tal como propuso Albert Schweitzer, un cambio revolucionario de civilización en el que la humanidad redescubra su relación con la belleza de la naturaleza. Pero esta vez la humanidad debe tener con conciencia de su responsabilidad de proteger el planeta de los avances tecnológicos y el desarrollo.

Necesitamos una cultura sostenible para alcanzar un desarrollo que respete nuestro planeta, en el que las montañas, los ríos y lagos, los mares, los desiertos, bosques y selvas, los hielos antaño eternos, los animales, las plantas y los seres humanos que los habitan, dejen de estar sometidos a los intereses del mercado, y que ese desarrollo sea solidario con toda la humanidad, lo que, por otra parte, facilitaría la paz mundial. Y ahora es el momento de realizar el cambio, porque la humanidad tiene por fin el poder para realizar los cambios necesarios para avanzar hacia la sostenibilidad, pero debe aprovecharlo bien.

El proceso de transición hacia una cultura sostenible es complejo y no hay una fórmula general, aunque sí que existe una ética humanista sostenible común que nos reconcilia con la naturaleza. Se trata de un proceso de búsqueda continua para la construcción de nuevos caminos sostenibles en los que que cada individuo y cada comunidad decida su camino dejándose guiar por el sentimiento de la más alta responsabilidad posible hacia otras formas de vida, y el arte, como núcleo de la cultura, es un instrumento idóneo para avanzar hacia la sostenibilidad porque tiene, además, un lenguaje que comprenden todas las personas y les conmueve más que los datos científicos, así que les puede inspirar para utilizar su imaginación y creatividad, pensar de modo diferente sobre su relación con los demás y con los sistemas naturales que habitan, y que se involucren en nuevos caminos hacia la sostenibilidad.

Necesitamos una estética sostenible que evite que la ética sostenible se convierta en un manual de instrucciones y permita la libertad de redefinir una y otra vez sus realizaciones concretas, evitando así que se convierta con el paso de los años en un nuevo vector de empobrecimiento del mundo. El arte para la sostenibilidad va a ser una manifestación simbólica del contenido de la ética sostenible.

Para lograr el objetivo de encontrar las vías de cada sociedad para cambiar de un enfoque capitalista a uno sostenible, necesitaremos un arte como “poiesis”, que en Grecia antigua designaba el acto de crear, o un arte como alumbramiento en términos de Heidegger. De acuerdo con esta perspectiva, el arte para la sostenibilidad es una acción creativa que trasciende lo técnico, lo instrumental y lo puramente racional, en la que el potencial creativo del ser humano se desarrolla como posibilidad de elección de su camino, diferente y autónomo, hacia la sostenibilidad.

Frente a la razón ilustrada que ha deshumanizado al hombre alienándolo de la naturaleza, el arte para la sostenibilidad será el “mejor arma para la regeneración del ser humano” que para Schelling es el verdadero arte. Un arte que desafíe a pensar diferente sobre nuestra relación con la naturaleza y los demás que conducirá a la belleza de la sostenibilidad. Sin embargo, la búsqueda de la estética de la sostenibilidad no puede afectar sólo a una categoría especializada de personas, como son los artistas, o a un sistema social específico, el del arte, sino que tiene que ser una búsqueda multidisciplinar que incluya a todos los actores sociales, entre ellos los científicos. Y el arte ha experimentado en las últimas décadas una evolución que permitirá desarrollar múltiples posibilidades de colaboración para crear nuevos caminos hacia la sostenibilidad.

Ha llegado el momento de recuperar el pensamiento de los románticos, los prerrafaelistas, trascendentalistas y las vanguardias y los movimientos de reivindicación social de los siglos anteriores, en los cuales los filósofos adoptaron los nuevos estilos de vida que propugnaban pero no lograron producir el cambio que propugnaban en la sociedad. Y de buscar nuevas vías para alcanzar sus sueños.

Ars longa vita brevis. Este aforismo de Hipócrates indica que esta línea de pensamiento comenzada a finales del siglo XVIII, es una obra de tal magnitud que requiere un largo tiempo de esfuerzo y dedicación, pero la vida de quienes la emprenden es corta para ello, así que requiere la sucesión de varias vidas, que a través de las generaciones se pasen la antorcha, hasta llegar al momento que nos encontramos en la segunda década del XXI, en el que el mundo está abierto a la belleza para no caer en la desesperación, una belleza que funde la de la Naturaleza y el Arte, y lleva la verdad al corazón de las personas.

Cristina González Gabarda

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